sábado, 28 de febrero de 2009

Esto es de locos

Estoy nerviosa. No puedo dormir, me despierto cada noche 324592 veces y miro el reloj. No puedo parar de pensar en otra cosa, no puedo hacer nada que no sea pensar, y ay de mi, tengo tantas cosas que hacer... ¿Y en qué pensaba yo antes de todo? Ya no puedo recordarlo. Se está convirtiendo en una obsesión. Estoy obcecada en el asunto de tal forma que creo que pronto me volveré loca. Si no lo estoy ya.
Y realmente no sé lo que quiero. ¿Por qué estoy nerviosa? Será la incertidumbre, el sentir que no tengo el control de nada, la lotería de lo que pueda pasar me altera. Sé que es todo una jugarreta de mi humana mente. Es desconcertante. Ahora entiendo más que nunca que nada es entendible. Y si no hay razones, la bola de nieve se va a hacer más grande aún en mi cabeza. Esperaremos a que se derrita. Necesito tiempo. Esto es de locos.

viernes, 27 de febrero de 2009

El Mundo Ideal

Me pone enferma. Me pone enferma esa ridícula tendencia a idealizar. El descontrol del poder de nuestra imaginación la hace volar infinito, a un mundo de arcoiris y florecillas donde siempre luce el sol. Después te estrellas con la realidad y te encuentras desolado, llegándote a creer desgraciado.
Nuestra vida es una continua persecución hacia ese mundo ideal, que nunca se llega a alcanzar.
Y el amor. Piensas que el amor es el nombre de ese ansiado mundo. El amor no es más que otra desilusión más. Crees que estás enamorado y al día siguiente puede que todo se desvanezca como un castillo de naipes. Sin motivo ni razón.
Dudo que algo atienda a razones.
Puede ser precioso.
Pero tan efímero.

viernes, 20 de febrero de 2009

¿A qué sabe?, ¿a qué huele?, ¿qué forma tiene?, ¿de qué color es?

Sabe amargo, huele a sucio, es puntiagudo y gris. Dolor.

Sabe podrido, huele a putrefacto, es duro y negro. Miedo.

Sabe a agua, huele a aire, es plano y transparente. Aburrimiento.

Sabe suave, huele a limpio, es blando y azul. Tranquilidad.

Sabe a frutas, huele a flores, es un sol y multicolor. Felicidad.

Sabe dulce, huele a rosas, es redondo y rosa. Amor.

martes, 17 de febrero de 2009

Mecíase la niña

En el oscuro rincón, acurrucada, mecíase la niña envuelta en la blanca bata holgada. Cerraba los ojos e intentaba imaginar. Intentaba sin lograr. Hacía mucho tiempo la imaginación había sido su mejor arma para vencerlo. Vencer al miedo. Pero sentía que con el paso de los años, además de ver cada vez más alejada su niñez, su mente se cerraba, y ya no conseguía refugiarse en aquella fantasía que durante tanto tiempo le había hecho salir adelante.
Mecíase la niña, con la cabeza encajada entre las piernas, con las huesudas manos abrazándose. Y lo sentía cada vez más próximo. La fría tristeza, la desolación, el desamparo, el temor. La desesperanza del final. Sentía la debilidad del vencido en todo su consumido cuerpo.
Mecíase la niña, incapaz de afrontar.
Mecíase.

domingo, 15 de febrero de 2009

Sentido o Sinsentido

Claro que el sentido de todo estaba ahí, esperando a revelarse. Mientras el mundo corría, el tiempo pasaba, las gentes nacían, vivían, morían. Y todo estaba envuelto en una misma unidad, un único motivo por el que ser. Existir.
O quizá no. Quizá ese velo que se extendía abarcándolo todo no era mas que un sinsentido. No había motivo por el que ser. Nada.
La nada le daba miedo. La nada debía darle miedo. Limitado por la existencia, la condición humana, se sentía tan impotente, tan miserable encajado en ese mundo, en ese cuerpo y esa vida. Condenado.
Y el sentido o el sinsentido seguían sin revelarse. A veces cerraba los ojos, respiraba fuertemente y conseguía, más que sentirlo, percibirlo. El sentido del ser. Y el del no ser. Percibir que estaba ahí. Pero sin ser capaz de alcanzarlo.
Lloraba de impotencia. Con esa tan característica forma de expresión humana que son los sentimientos. Lloraba a la vez que reía y amaba. Tenía por qué reír y a quién amar. Eso era lo único que realmente le daba sentido a todo.

sábado, 7 de febrero de 2009

La mamá

Hoy es un día de esos en los que, sin saber bien por qué, estoy mal. Mal en el sentido de que me están desaparecidas todas mis ganas, mis fuerzas e incluso mis esperanzas. Mal porque nada me suscita nada, y si cabe algo es simplemente tristeza y cierta melancolía. La mamá duerme en el sofá, a mi lado. Y la observo. El lento subir y bajar de una respiración relajada. Y afuera el frío aire de invierno. Tranquilidad. La miro y pienso en todo lo que es. Una minúscula parte del universo, prescindible. Y a la vez tan imprescindible. La mamá no es sólo quien me hizo venir a este injusto mundo, sino que la mamá es esa que me prepara el zumo por las mañanas, me envuelve el bocadillo del almuerzo en papel de albal y me pregunta si quiero un té después de cenar. La mamá es la única que se despierta a las cuatro de la mañana para tranquilizarme cuando estoy enferma, y que interrumpe su siesta para prepararme la merienda. Ella es la única que está dispuesta a lavarme la ropa interior cuando la mancho, y la única también que está pendiente de que mis sábanas estén siempre limpias. Es la única que me pregunta qué tal me ha ido el día porque de verdad le importa cómo me ha ido el día. La mamá me apoya en todo lo que pretendo, se interesa, me escucha, le importo. Pero sobre todo, la mamá es la única persona que conozco que prefiere hacerme feliz antes de serlo ella. Cuando ríe, ríe porque yo río. Y si llora, es porque yo lloro. Lo peor de todo es que yo aún no puedo valorarlo, todavía no sé que nadie hará eso por mi nunca. Se llama amor, y es precioso. Precioso porque sin saberlo, te ves envuelto en un manto que te da fuerzas, ganas, y esperanzas para todo. Ese manto materno que te impulsa cuando crees que lo has perdido todo. Cuando crees que nada vale nada y te echas a llorar. Es entonces cuando llega la mamá con su abrazo, mientras el resto duermen en calma.

Efímero

Tal vez tuviera razón. O tal vez no. Pero era absurdo pensarlo, profundizar tanto en algo que, al fin y al cabo, eran tan efímero. Efímero como el viento, como los pétalos de una dalia y el calor de una llama. Efímero como la vida misma.

Entretanto, corría de un lado a otro, sin saber si quiera adónde iba. Sin rumbo ni dirección alguna. Y sin ninguna meta no era nadie. Nadie es nadie si no persigue un fin. Le entristecía pensar en la llegada del fin, el principio del final con el que comenzaría a terminar. Pasaban las horas, ¿y qué era el tiempo? Impotente, se sentaba a esperar. Encadenada a la condena de existir.