sábado, 7 de febrero de 2009

La mamá

Hoy es un día de esos en los que, sin saber bien por qué, estoy mal. Mal en el sentido de que me están desaparecidas todas mis ganas, mis fuerzas e incluso mis esperanzas. Mal porque nada me suscita nada, y si cabe algo es simplemente tristeza y cierta melancolía. La mamá duerme en el sofá, a mi lado. Y la observo. El lento subir y bajar de una respiración relajada. Y afuera el frío aire de invierno. Tranquilidad. La miro y pienso en todo lo que es. Una minúscula parte del universo, prescindible. Y a la vez tan imprescindible. La mamá no es sólo quien me hizo venir a este injusto mundo, sino que la mamá es esa que me prepara el zumo por las mañanas, me envuelve el bocadillo del almuerzo en papel de albal y me pregunta si quiero un té después de cenar. La mamá es la única que se despierta a las cuatro de la mañana para tranquilizarme cuando estoy enferma, y que interrumpe su siesta para prepararme la merienda. Ella es la única que está dispuesta a lavarme la ropa interior cuando la mancho, y la única también que está pendiente de que mis sábanas estén siempre limpias. Es la única que me pregunta qué tal me ha ido el día porque de verdad le importa cómo me ha ido el día. La mamá me apoya en todo lo que pretendo, se interesa, me escucha, le importo. Pero sobre todo, la mamá es la única persona que conozco que prefiere hacerme feliz antes de serlo ella. Cuando ríe, ríe porque yo río. Y si llora, es porque yo lloro. Lo peor de todo es que yo aún no puedo valorarlo, todavía no sé que nadie hará eso por mi nunca. Se llama amor, y es precioso. Precioso porque sin saberlo, te ves envuelto en un manto que te da fuerzas, ganas, y esperanzas para todo. Ese manto materno que te impulsa cuando crees que lo has perdido todo. Cuando crees que nada vale nada y te echas a llorar. Es entonces cuando llega la mamá con su abrazo, mientras el resto duermen en calma.

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