Tal vez tuviera razón. O tal vez no. Pero era absurdo pensarlo, profundizar tanto en algo que, al fin y al cabo, eran tan efímero. Efímero como el viento, como los pétalos de una dalia y el calor de una llama. Efímero como la vida misma.
Entretanto, corría de un lado a otro, sin saber si quiera adónde iba. Sin rumbo ni dirección alguna. Y sin ninguna meta no era nadie. Nadie es nadie si no persigue un fin. Le entristecía pensar en la llegada del fin, el principio del final con el que comenzaría a terminar. Pasaban las horas, ¿y qué era el tiempo? Impotente, se sentaba a esperar. Encadenada a la condena de existir.
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